El complot

En marzo de 2011 Podemos era un movimiento político extraparlamentario que agitaba en la calle el clamor del «no nos representan». Su propósito era deslegitimar a los representantes de una casta política endogámica, vetusta, corrupta y adocenada que había dejado de sintonizar con las inquietudes del pueblo.

En 2015 se convirtieron en la tercera fuerza del país y elevaron el listón de la crítica. El problema ya no era solo la casta política, sino el régimen del 78. En junio de 2017, Pablo Iglesias presentó una moción de censura contra Rajoy. Sabedor de que la perdía, pastoreó una multitudinaria manifestación en la calle para que los ciudadanos del común deslegitimaran la votación del hemiciclo: los ciudadanos que enarbolaban pancartas con el lema «hay que echarlos» no estaban señalando a Rajoy, sino a los diputados que se negaban a sustituir a un presidente putrefacto por el único líder inmarcesible capaz de hacer de la cosa pública un lugar decente.

Desde ese momento quedó claro que, para Podemos, ninguna expresión de la soberanía popular sería verdaderamente representativa de la sociedad española hasta que él tuviera la posibilidad de hacer lo que le diera la gana.

Desde entonces, Pablo Iglesias no ha dejado de ir dando pasos para alcanzar su objetivo. Cuando vio que las urnas no le iban a abrir las puertas de La Moncloa por las buenas diseñó un plan en tres fases para encaramarse al poder por una vía alternativa. El primer paso consistía en llevar a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno con la ayuda de un pacto parlamentario, muñido por él, que incluyera el concurso de los partidos independentistas. El segundo contemplaba la formación de un Gobierno de coalición que le convirtiera en vicepresidente. El tercero, por fin, pasaba por utilizar ese enclave para erigirse en el archipámpano del banco azul. Todo le ha salido a pedir de boca. Aunque el movimiento inicial de Pedro Sánchez consistió en arrinconar a Podemos en posiciones subalternas, alejadas del escaparate de la gestión de la pandemia, Iglesias ha sido capaz de ir avanzando posiciones hasta convertirse en el protagonista principal de la escena. Ahora, todos los cañones de luz le enfocan a él. Tras los consejos de ministros, durante las sesiones de control, en las entrevistas periodísticas o ante la comisión para la reconstrucción económica, su voz sobrepuja a cualquier otra. Mientras Sánchez se desvanece, él se va haciendo poco a poco el amo del cotarro.

Desde esa posición de privilegio, consentida por el PSOE por razones que no alcanzo a entender, Iglesias ha dado estos días un paso más. Ya no se presenta solo como el escudo social de los desprotegidos, sino también como el cancerbero que protege la democracia de las veleidades golpistas que anidan en el ánimo liberticida de la derecha. Su discurso es que el complot de políticos cainitas, jueces reaccionarios, empresarios avariciosos, medios de comunicación venales y militares retrógrados están crispando el ambiente hasta hacerlo irrespirable. Marquesas alocadas y golpistas nostálgicos son las puntas de lanza de una operación destinada a sacar a la izquierda, ecuménica y mansa, del poder legítimo que le han procurado las urnas. Así es como el lobo se disfraza de mastín.

Para que su burda maniobra sea eficaz, Iglesias necesita elevar el grado de indignación de PP, Vox y Ciudadanos todo lo que sea posible. De ese modo podrá exhibir su fiereza como prueba de convicción de su teoría conspiratoria y obligará a los socialistas a atrincherarse con él para hacer frente al enemigo común. Su obsesión, hasta donde a mí se me alcanza, consiste en dinamitar cualquier cauce de diálogo entre Sánchez y Casado que pueda favorecer el entendimiento entre ellos cuando los líderes europeos, a cambio de la ayuda económica del fondo comunitario, impongan un plan de ajuste inasumible para Podemos.

Ese será el momento en que el presidente del Gobierno deberá decidir si mantiene la coalición, aunque sea remodelándola un poco, si tienta suerte en solitario o si se la juega en unas elecciones generales a principios de año.

Pincho de tortilla y caña a que Iglesias hará lo posible por favorecer la primera opción. Ojalá que el PP no se lo ponga fácil.
Source: Nacional

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