El malabarista de Moncloa y sus guiños a Cs, empresarios y al del teléfono rojo

Todos hablan con todos. Como en el sector bancario en época de fusiones, pero en clave política. Aunque no se puedan ni mirar a la cara. Y quién piense que es por el bien del país, se engaña. Todo es mentira. La gran mentira. Y mientras, el país confinado, sin apenas actividad económica, con el empleo en caída libre, y tirando de unas ayudas que no llegan. Y la hucha de las pensiones casi en quiebra. De hecho, la seguridad social se anota ya el mayor déficit de la historia. No, presidente y cía., ¡NO!, las ayudas no llegan. Yno hablo de oídas. En ABC tenemos esa «extraña y tonta» manía de contrastar todas las informaciones, y fundamentarlas con datos, cifras y fuentes. Solventes y bien informadas. Además, la experiencia es un grado más. Que todos tenemos padres, hermanos, hijos, tíos, sobrinos, amigos, vecinos… Y no. No llegan. «Este Gobierno no va a dejar a nadie atrás». ¡Anda ya! Y quien diga que los pobres de ahora son los mismos que los de antes del dichoso Covid-19, pues también miente. Y miente a sabiendas.

Lo más flagrante es que todos no solo hablan con todos –bueno, menos con el PP–, es que hablan «de» todos. En «off» claro. Que a la cara es mejor llevarse bien. Aunque sea hablarse lo mínimo. Aquí, entre vicepresidentes anda el juego. Pero se dirigen la palabra. Por lo que pueda pasar. No solo dentro del seno del Gobierno. Fuera también. Nunca se sabe con quién tienes que firmar una ampliación de alarma, un pase de fase, una derogación de normas, una aprobación de medida populista que han desdeñado en otros países como Alemania o Suecia porque no funcionan… Todo por la patria. Ya.

Y el malabarista jefe de La Moncloa con sus guiños. A diestro y siniestro. Intentando evitar la sensación de división en la coalición social-comunista. «Trabajan todos a una con distintas sensibilidades», dijo la semana pasada el presidente y doctor Pedro Sánchez, después del choque frontal entre sus vicepresidentes, Pablo Iglesias y Nadia Calviño, por el acuerdo para derogar la reforma laboral. La vicepresidenta lanzó el guante a quién quisiera cogerlo, sin llamadas de por medio, que no es mujer de gritos ni peleas banales, con el objetivo de que el jefe y el partido emitieran un comunicado rectificando, que Europa está ojo avizor y ya les han dicho que eso de que manden más los de Podemos aleja las ayudas y el buen rollo, si bien Iglesias defendía después que una nota no invalida las firmas de un documento. Y es que no se puede trastear con el diablo, codearse con él de pillo a pillo, y luego enfadarse por no recibir la parcela de cielo prometida. Mucho menos amenazarlo con quitarle la cobertura, con dejarlo expuesto y a la intemperie. No hay sacerdocio en el infierno. Ya se sabe, hasta Dios parece rendirse a veces. Enganchado a las llamadas del teléfono rojo.

Pero nada más lejos de la verdad verdadera, aunque parezca redundante. En el término medio está la virtud. Solo hay que saber visualizarlo. En «on», que es tanto como decir que de cara al público, hay buenrollismo. Sin fracturas en la coalición a simple vista. Pero entre bambalinas se vislumbra una brecha transversal que hace mella en las sensibilidades de unos y otros. Y es que en el «off» siempre aflora la verdad. De eso los periodistas sabemos mucho. Dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos. Yde ahí, quieran o no los interlocutores o los que callan en «on», nacen las informaciones. No hay más que tirar del hilo.

Y en el seno del Gobierno, en su parte socialista, independientes o no, hablan sin tapujos de los intrusos. Eso sí, las grabadoras apagadas o fuera de cobertura. Se saben (se creen) más expertos en política. En esto la diferencia cultural, dicen, es extraordinaria. Pero dicen más: para los miembros «morados» del Ejecutivo Sánchez, la política termina en la filtración, en los tuits, en las notas de prensa… lo que dificulta enormemente el proceso interno de creación de criterio, y genera mucha inseguridad. Son equipos los podemitas –aseguran– con falta de rigor normativo, y formativo ya para qué contarlo. Donde deben estar profesionales del nivel de un abogado del Estado o de interventor o economista, lo más que tienen son informáticos –con todo el respeto del mundo–, pero con conocimientos cero para crear seguridad jurídica o diseño económico.

Ahora que lo grave, y lo que más les separa, es la fuerte carga ideológica contra las empresas. No en vano, en un claro gesto hacia la CEOE, el jefe del Ejecutivo tuvo que bajarse de sus alturas y dijo del presidente de la patronal, Antonio Garamendi: «Tengo buena relación con él, creo que es un patriota, una persona con un enorme sentido del Estado».

Sánchez sabe que necesita a las empresas. No sale de esta sin ellas. Y los primeros espadas de este país le quieren ayudar, bajo la batuta líder de la presidenta del Santander, Ana Botín, pero bajo la condicionalidad de ahondar en una idea de antaño para desterrar a Iglesias y los suyos: PSOE al frente, con el apoyo de Ciudadanos, y apelando a la responsabilidad de Estado del PP.

Aunque también sería bueno que a Garamendi alguien le dijera que no se puede declarar la guerra cada cinco minutos y firmar un armisticio cada seis. Por cierto, igual tiene algo que decir Fátima Bañez –¡más vale buen callar que mal hablar!–, sobre el pacto del malabarista con Bildu para derogar su reforma laboral. Eso sí que sería un gran número en la pista central del enorme circo en que Sánchez & Iglesias y asociados han convertido España.
Source: economia

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