Juan Gea: «Si viajara en el tiempo, me gustaría pasarme por finales de los años 70»

Confiesa Juan Gea (Valencia, 1953) que no desespera de que las tablas se recuperen de esta crisis -«el teatro ha estado herido de gravedad muchas veces, pero nunca muerto»-, y está deseando poder continuar con las giras de El insólito caso de Martín Piche y Por los pelos, dos divertidas piezas que estaban cosechando una estupenda recepción. Tiene «un inmenso mono de escenario». Entretanto, lleva el confinamiento «con mucha paciencia». Se considera «con suerte»: «Vivo cerca de la sierra, con un poco de jardín, y me entretengo con un pequeño huerto». Por eso, prosigue, «pienso en la gente que vive en pisos diminutos, con varios de familia, y sin ni siquiera un balcón al que salir a aplaudir».

¿Cómo definiría a Ernesto, su personaje en «El ministerio del tiempo»?

Proviene del siglo XV, inquisición, poder absoluto, expulsión de los judios, finales de la mal llamada «reconquista»… Unos tiempos de los que en parte él ha renegado siempre, pero de los que le cuesta sustraerse porque ha sido su sustrato social y cultural. De ahí sus silencios, no le gusta hablar, si no es necesario. Al cambiar de época siente una liberación, pero al mismo tiempo, mantiene su lucha por adaptarse a muchos valores y costumbres que a veces chocan con su experiencia de vida. Es callado, huye de destacar, austero, disciplinado, va siempre dos pasos por delante, exigente consigo mismo y con los demás, fiel a su gente, muy reservado en sus emociones, que las tiene, y con la ética que le permite su misión en el ministerio y que a veces le provoca un combate interior. Con más secretos de los que vemos. Hasta su verdadero nombre permanece oculto.

Si pudiera viajar en el tiempo, ¿a qué época lo haría?

Por curiosidad, a cualquiera del futuro. Pero sobre todo me gustaría de nuevo pasearme por los finales de los setenta. Recién acabada la dictadura de Franco, primeros pasos de la democracia, donde creíamos que por fin las utopías podían convertirse en realidad, donde nos reuníamos en bares y en tabernas para hablar de nuestros sueños, de política, teatro, cine… de una nueva sociedad que luchaba por aparecer y que por fín llegaba a su «puerta». Tengo la imagen de un cono cuyo vértice estaba en nosotros y se iba abriendo hacia delante. Muchos objetivos se cumplieron después, por supuesto, la libertad en todos los ámbitos se abrió camino. El tiempo ha pasado. Hemos evolucionado, pero estamos en una época muy convulsa en la que a veces se me representa un cono en sentido contrario al que imaginé, abierto en nosotros y que a medida que avanza se va estrechando. Supongo que todo forma parte de un proceso que pasará, pero en el que hay que estar muy alerta, la libertad no es involución, la libertad es siempre un horizonte abierto.

«La pierna derecha aún me tiembla al saltar al escenario en los estrenos, como cuando debuté»

¿Con qué personaje histórico le gustaría tener una larga conversación?

Hay varios. Por ejemplo, me resultaría muy interesante compartir un café con Ortega y Gasset. E, igualmente, con el también filósofo José Ferrater Mora. Y, de mucho más atrás, con Maimónides, un judío sefardí, de múltiples saberes: filósofo, médico, matemático, astrónomo.

¿A qué atribuye el éxito de «El Ministerio del Tiempo»?

Nunca se sabe exactamente la razón de acertar con una serie, una película, una obra teatral… En este caso, supongo que por conjugar una pincelada de ciencia ficción y nuestra Historia con gran derroche de imaginación. Ha sido fundamental el apoyo de los ministéricos, que han mantenido la llama encendida incluso en los largos periodos de ausencia.

¿Cómo surgió su vocación actoral?

Mi vocación vino después. En las vacaciones de verano, con un grupo de amigos, hacíamos algo de teatro pero sin ninguna intención de continuar. Un amigo mío estaba en un grupo de teatro en Valencia, me animó a que fuera, y allí vi a una chica que me gustaba: si había que apuntarse para estar cerca, uno se apunta. Y eso hice. Esa chica luego fue la madre de mi hijo. Una vez empecé es cuando me entró el «gusanillo del teatro», que es cierto que existe. Pero yo comencé porque me gustaba una chica. Sencillo.

¿Su familia le apoyó?

No se opuso, pero no veían muy bien que dejara mi trabajo en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Valencia. Estuve 12 años allí. Tenían miedo a lo que suponía de difícil e inseguro. Todavía hoy los padres utilizan lo de «primero estudia una carrera y luego haces lo que quieras». Cuando murió mi padre, yo tenía 22. Mi madre me reveló que una de las cosas que le dijo sobre mí en el hospital, cuando aún no pensábamos que iba a morir, era que me dijera que «hiciera lo que yo de verdad quisiera». Yo estaba a punto de abandonar, pero no lo hice. Esas palabras me impulsaron a seguir. Y, hasta ahora, estoy haciendo lo que quiero.

¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?

Todo el proceso de investigación de un personaje. Sentir que poco a poco te vas acercando a él, avanzas, retrocedes, hasta que un día ese personaje se aproxima a tu oído y te dice «ahora sí, ya puedes jugar a ser yo», y se te abre un mundo.

«’El Ministerio del Tiempo’ conjuga una pincelada de ciencia ficción y nuestra Historia con mucha imaginación»

¿Y lo que menos?

Reconozco que soy perezoso para sentarme a memorizar texto. Luego cojo carrerilla, pero al principio me cuesta mucho. Otra cosa que tampoco me gusta nada es encontrarme con algún compañero, alguna compañera, que sabes que son buenísimos, incluso mejor que tú y ver que están faltos de trabajo, eso es doloroso.

-¿Recuerda algún momento especial en su trayectoria?

Hay uno que no olvidaré nunca. A cinco días del estreno en el Centro Dramático Nacional (CDN) de Eduardo II, de Marlowe, dirigida por Lluís Pasqual, un accidente me tuvo unos meses sin trabajar con el pie en alto. Pasqual esperó un mes a que me repusiera, sabiendo que no era posible en ese tiempo. Me sustituyó Antonio Banderas, que estaba casi empezando. Pasqual organizó una especie de estreno conmigo sentado en un palco, escayolado, desde donde iba diciendo el texto, Antonio, a mi lado, y mi personaje era un punto de luz que se movía por el escenario. El María Guerrero abarrotado. Jamás agradeceré bastante la generosidad de Lluís y de todos los compañeros. Tampoco la de Antonio, al devolverme el papel una vez estuve curado. Es el mejor regalo que me ha hecho el teatro.

Subió por vez primera a un escenario…

En Las hermanas de Buffalo Bill, de Martínez Mediero. Lo que más recuerdo es el temblor de mi pierna derecha y el sudor nada más pisar las tablas, y el dolor de estómago y angustia antes de salir. Y lo cerquita que me sentí del cielo a la hora de saludar y escuchar los aplausos del público. La pierna derecha aún me tiembla al saltar al escenario en un estreno.

¿Lee críticas? ¿Le afectan?

Claro que sí. Aunque sea solo en mi habitación. Quien diga lo contrario miente. No me afectan mucho, pero me preocupa más que me puedan afectar las buenas. Me gustan, pero no me quiero dormir en ellas, que las malas, confieso que algunas veces estoy de acuerdo.

¿Tiene algún ritual antes de salir a escena, entrar en el plató…?

Ninguno especialmente. No soy de supersticiones y las hay y muchas en nuestra profesión. Pero en los platós, simplemente una pasada fotográfica a todo el texto, si no, no me vale. Y en teatro, prefiero siempre que puedo estar solo mientras me voy cambiando, porque es como un proceso de transformación de la persona al personaje. Y siempre, cuando estoy a punto de salir a escena dedico la función a mis seres queridos más próximos y que ya no están conmigo. Además les aviso para que vean la función. Lo malo de esto, es que a medida que pasa el tiempo hay más en el patio de butacas.

¿En qué se fija primero para aceptar un proyecto? ¿La historia, el personaje, el director?

Exáctamente en el orden que ha dicho. Primero, la historia me tiene que enganchar. Luego, por supuesto, el personaje es lo que de alguna manera me tiene que enamorar. Y normalmente cuando me ofrecen un proyecto, ya sé quién lo va a dirigir, luego ya se supone aceptado de antemano. Lo malo de estos tiempos tan de crisis para todos es que a veces es conveniente decir sí antes de nada… y luego ya veremos lo demás. Pero bueno, son las menos.

«Hasta que la situación se normalice del todo en el teatro, quizá habría que pensar en un sistema de caché, un precio fijo por función como se hace a veces»

¿Hay algún personaje que especialmente le gustaría interpretar?

Sí, hay uno. Protagonizar El rey Lear, de William Shakespeare. Lo hice hace muchos años bajo la dirección increíble de Miguel Narros, casi mi padre en el teatro, pero haciendo otro personaje. He estado mucho tiempo esperando a tener la edad para poder interpretar al monarca y ahora creo que ya estoy listo. Así que si algún director o algún productor quiere arriesgarse, aquí estoy.

¿Qué destacaría de«El insólito caso de Martín Piche», con la que estaba de gira cuamdo todo se paró por la pandemia?

Aparte de su comicidad, que es enorme, es una buena reflexión sobre cómo estamos dirigidos en nuestro día a día, absolutamente programados por nuestro quehacer, nuestras actividades, con poco espacio para el relax, la meditación, sin poder parar el tiempo, sin minutos para la quietud, física y mental. El aburrimiento hay que valorarlo. Sin el aburrimiento el hombre no habría evolucionado. Ese tiempo muerto, que nos incita a pensar, a inventar aunque sea simplemente cómo salir de él, es muchas veces el motor que nos incita a actuar. Todo esto envuelto en una locura muy divertida de dos personajes que llega a límites insospechados y con una sorpresa final.

Qué le parece que se ofrezcan montajes «on line» gratuitos?

Normalmente soy contrario a que los espectáculos, de la condición que sean, se ofrezcan gratuitamente porque por experiencia sé que no se valoran igual. En estos momentos, sin embargo, me parece una manera magnífica de ayudar de alguna forma a pasar este confinamiento. Por lo general son montajes ya explotados y que no van a poner en riesgo ninguna taquilla. Y si contribuye también a acercar a más personas a nuestros escenarios, bienvenida sea la iniciativa. Esperemos ver luego estos resultados cuando el patio de butacas sea real.

¿Qué medidas habría que tomar para el teatro?

No soy ningún experto ni en sanidad, ni en economía, ni en producción. Lo que sí veo es que con un treinta por ciento de aforo es imposible subir el telón. En un teatro privado como son la mayoría, entre los porcentajes del local, impuestos (autores, IVA…) nóminas de actores, técnicos, despacho de producción, transporte de escenografía y material técnico, viajes del personal, hoteles, dietas… no salen las cuentas ni para cenar un bocadillo a medias. No lo sé, pero quizá durante un tiempo hasta que la situación se normalice del todo, habría que pensar en un sistema de caché, un precio fijo por función como se hace a veces, calculando unos baremos donde encajar a las compañías. No pedimos dinero, pedimos trabajo y esta sería una fórmula, lo digo, le insisto, sin ser un experto. Claro, conllevaría un estudio que implicara al Ministerio de Cultura, responsables de autonomías, ayuntamientos, productores públicos y privados. Medida transitoria, menos fácil pero no imposible.
Source: Cultural

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