Pólvora de la mañana

Quién no recuerda a Aute, poesía y verbo puro, artista total, humanidad extrema y sensibilidad agonizante. Sí, pólvora de la mañana. Aquella canción, «Al alba», resuena y martillea desde que hace unas semanas también nos dejase. Son muchas las veces que he vuelto a escuchar, disfrutar, redescubrir la grandeza y sutileza de las letras de sus canciones y acordes. Sublime. Único. Y quiénes conocen la canción, saben perfectamente que otras palabras anteceden a esa pólvora de la mañana y que son «maldito baile de muertos». «Esta silenciosa danza».

La danza de esta pandemia, de este cruel coronavirus nos ha dejado miles de muertos. Miles de historias, miles de seres humanos únicos, irrepetibles que han perdido la vida y lo han hecho en unas condiciones humanas de extrema soledad. Solo el tiempo mitiga y aplaca algo el desconsuelo de las familias más directas ante lo que ha supuesto que un ser querido haya fallecido estas últimas semanas. Duelos en la soledad del dolor, duelos en la intimidad más auténtica de los sentimientos y donde nadie puede exteriorizar las lágrimas de la impotencia, la rabia y el dolor. Hasta en eso un estado de alarma nos ha roto momentáneamente. No hay desconsuelo en el que no haya pena y lágrima donde rebrote el dolor. Por mucho que España declare lutos que nadie sigue ni escucha, ni ve, y por desgracia, apenas siente y por mucho que algunos vistan un exagerado y riguroso luto negro. Porque el luto va por dentro, punza, aprieta, acongoja, lastima e hiere a quién ha golpeado la crudeza inhumana de una muerte humanizada pero una enfermedad deshumanizada hasta la frialdad extrema.

Y ahora, es este maldito bailes de cifras de muertes que ya nadie entiende ni está dispuesto a entender y donde a muchos se nos queda una cara de estupefacción sonrojada que no podemos comprender. Se había dicho y repetido hasta la saciedad sobre todo desde las entidades funerarias que el número de muertes eran mucho mayores que las que la fría estadística del ministerio cobijaba. En los últimos días hemos escuchado todo tipo de explicaciones desde algunas comunidades autónomas en su cuenteo particular y aséptico, sin sensibilidad de ningún tipo, y lo último del ministerio y lo que ha sucedido en Cataluña. Ahora se dice que los datos que arrojan entre marzo y mayo, hasta 22 de mayo los registros civiles de España son defunciones por encima de 43.000 de las que se preveían o estimaban que estadísticamente habría en un periodo de normalidad de no haber sido por este coronavirus. Puede que no todas esas muertes sean consecuencia única y directa del virus, pero sí la inmensa mayoría. Nunca se han contabilizado los miles de muertos que ha habido en residencias en las que nunca se ha investigado nada y que ahora nos han mostrado una realidad terrible. Tampoco los muertos a los que no se les hizo test ni comprobaciones y miles que han muerto más allá de unos colapsados hospitales. España paga un altísimo precio en vidas, en enfermos, en familias rotas, pero también en una quiebra en la más mínima confianza que debemos tener en los gestores de lo público y en los políticos. En esto último ya llueve sobre mojado desde siempre.

Y es que en esa pólvora de la mañana, al alba, la pandemia guardaba una cifra final que pone los pelos de punta. Alguien dijo que en España no habría o no tendríamos virus, acaso unos pocos casos, ocho o diez. Alguien se equivocó y mucho, pero esperemos que no lo hiciera dolosamente. Pero quizás, ya esto, y salvo a la carnaza de la trinchera política importe a muy poca gente, menos en un desmemoriado país, amnésico y cínico, capaz de decir una contraria, desdecirse y no pasar absolutamente nada, y olvidar, y votar con las vísceras. Y vuelvo a escuchar a Aute, un ser único y comprometido con su verdad hasta el final.
Source: Opinion

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