Solana, ni en París, ni en Manhattan

La modernidad otra. Así se llama la exposición que vuelve a abrirse al público en Murcia tras el trágico paréntesis sanitario. Quien sueñe con dejar atrás las estrecheces del confinamiento y retornar a la criticada normalidad de antaño, la visita es un plan perfecto. La pintura española de las primeras décadas del siglo XX tiene más interés del que suele creerse. No son solo Picasso y los pintores que emigraron a París para integrarse en la corriente principal del arte contemporáneo, sino también aquellos que permanecieron aquí y siguieron su propio camino, especialmente Solana, protagonista de la muestra.

Serio, extravagante, con fama de lunático y una proclividad morbosa a lo tremebundo y esperpéntico –los biógrafos actuales hablan de Asperger–, Solana desconcertó tanto a sus contemporáneos que resulta difícil saber si fue un energúmeno, como sostenían sus detractores, o un alma pura que se limitó a expresar con absoluta franqueza lo que pensaba.

Un precio muy alto
El testimonio de la gente que lo trató es tan contradictorio y la posteridad ha simpatizado luego tan poco con él –es el precio por haber despreciado la vanguardia y vuelto a la España de Franco tras la Guerra Civil– que nunca sabremos realmente qué clase de persona era. En cualquier caso, hay algo que se puede decir de él con certeza, y es que, a diferencia del Cid, perdió después de muerto todas las batallas.

El pintor fue demasiado franco, demasiado directo. Incapaz de idealizar nada; practicó un realismo maleducado

Difícilmente encontraremos un artista de su talla sobre el que se hayan vertido tantos reproches. El primero y más extendido, el aire pobretón, como de tenderete del Rastro, de su pintura. Que abunde en ella el color pardo, «el color de la miseria», no gustó nunca ni a los coleccionistas de la burguesía ni a los revolucionarios, más aficionados al tono repollo del realismo socialista. Solana es demasiado franco, demasiado directo. Incapaz de idealizar nada; practica un realismo maleducado que, en vez de reflejar las cosas tal y como las vemos, las radiografía.

Ese realismo no se alimentó, sin embargo, de ningún recetario estético o ideología previa. Sus temas los encontraba en la vida misma, una vida que no transcurría en las orillas del Sena ni en los rascacielos de Manhattan, sino en un país estancado incapaz de encontrar su camino a la modernidad.

La abundancia de motivos raciales, figuras oscuras y ambientes espiritualmente podridos que caracterizan su pintura reflejan una España negra que todavía existía y que, desde Goya, nadie había vuelto a pintar con tanta fidelidad. Los artistas de su generación que permanecieron aquí, más comprometidos con la realidad que con los principios del arte, la experimentaron cada uno a su estilo igual que él. Quien piense que la legión de pícaros, mendigos, gitanas, celestinas, beatas, caciques, indianos, novilleros o prostitutas que pueblan los cuadros de Zuloaga o Julio Romero de Torres son fruto del gusto por lo folclórico no se ha enterado de nada.

Entre lo animado y lo inanimado
La atracción de Solana por los maniquíes, los autómatas, los muñecos de cera, las máscaras, no se puede separar de su costumbre de pintar, como dijo Antonio Machado, «lo vivo como muerto y lo muerto como vivo». En ningún lugar se sentía estéticamente más cómodo que situándose entre lo animado y lo inanimado, allí donde la vida limita con la inercia. Sus personajes, esa fauna castiza que entonces era lo español, ya no luchan, parecen exhaustos, como si sus almas hubieran agotado toda su fuerza y estuvieran a punto de caer en una vida mineral, de fósiles sorprendidos por la llegada de una nueva era.

Solana desconcertó tanto a sus contemporáneos que resulta difícil saber si fue un energúmeno, como sostenían sus detractores

Los únicos personajes suyos que muestran una trepidante actividad son los esqueletos, calaveras que no se sabe si representan a los ya muertos, todos esos que por pertenecer a un pasado que no pasa siguen desempeñado en la vida cotidiana de la nación un papel más decisivo que los vivos, o a los que están por morir, pues la inercia que acaba matando el alma no sólo conduce a la parálisis y el anquilosamiento, sino también a la acción sin sentido, ese necio marchar hacia adelante que hundió a Europa en el abismo bélico y totalitario.

En Murcia, rodeados por las obras de los pintores de su generación, tan distintos de él, tendremos ocasión de reflexionar sobre todo ello.

«Gigantes y cabezudos» (detalle)Solana y la modernidad otra
Colectiva. Iglesia de San Esteban. Murcia. C/ Acisclo Díaz, 1. Comisario: Nacho Ruiz. Hasta principios de julio
Source: Cultural

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