Todos eran Eastwood

¿Quién es el “Hombre sin nombre»? Bien podría tratarse del protagonista de una novela de Saramago o de un enigmático secundario inventado por Miyazaki, pero no. En 2008, cuando la revista Empire incluyó al “Hombre sin nombre” en su lista de personajes imprescindibles de la historia del cine, estaba premiando un perfil típico del western; un papel que, interpretado por numerosos actores a lo largo de la época dorada de las películas del oeste, originalmente había sido concebido para uno: Clint Eastwood, que en 1964 asumió ese rol por primera vez en Por un puñado de dólares, la cinta rodada en España con la que Sergio Leone inauguró su «Trilogía del dólar».

Desde entonces, ha llovido mucho. Tanto, que Eastwood acaba de cumplir 90 años en un contexto de pandemia; el tiempo suficiente para que el polifacético cineasta californiano, en su faceta de intérprete, haya dejado tras de sí una estela de personalidades ficticias con las que ha compartido la evolución de un mundo capaz de cuestionarse constantemente y no apto para los reacios al cambio; un mundo en el que, sin traicionarse a sí mismo y siendo siempre coherente con su mensaje, Eastwood y su cine han sobrevivido.

El ladrón de cuerpos
Cuesta a menudo desligar a un buen actor del personaje que representa cuando la función termina y se baja el telón, pero si el personaje, como el actor, también es bueno, la balanza en la que se disputa la pugna por la identidad se inclina del lado de la mentira y es el carácter imaginado el que termina imponiéndose, sin importar quién lo levante en escena. Sin embargo, el caso de Eastwood y sus protagonistas es un ejemplo extraordinario de equilibrio y no se ajusta a esta convención.

Imaginemos por un momento que, para celebrar la longevidad de quien los interpreta, seis extraños coinciden en una cena: Harry Callahan, más conocido como «Harry el Sucio» (1972); William Munny, el inolvidable pistolero de «Sin perdón» (1992); Robert Kinckaid, abducido por el recuerdo de los cuatro días más maravillosos de su vida, junto a Francesca Johnson, en «Los puentes de Madison» (1995); Steve Everett, el periodista que impidió la «Ejecución inminente» (1999) de Frank Louis Beechum; Frankie Dunn, capaz de encumbrar a la boxeadora Maggie Fitgerald en «Million Dollar Baby» (2004); y el veterano de guerra Walt Kowalski, poseedor de un «Gran Torino» (2008).

Durante el aperitivo, estos hombres se analizarán entre sí con discreción y se preguntarán qué tienen que ver los unos con los otros, ¿qué une a un policía de métodos dudosos con un fotógrafo de National Geographic? ¿Y qué relaciona a este último con un entrenador de boxeo que, en la carrera de Eastwood, precedió a un anciano viudo y un poco misántropo, aunque muy comprensivo con sus vecinos?

Lo sorprendente es que, antes del postre, cada uno de estos individuos se habrá reconocido como la versión mejorada de su antecesor, como si poco importaran los detalles que, sin embargo —y aquí radica el secreto de su verosimilitud—, los han consagrado como perfiles inolvidables, y en el fondo no fueran más que versiones de una personalidad nómada y camaleónica, que, al más puro estilo ladrón de cuerpos, los hubiera ocupado durante unos meses o, mejor, que durante unos meses “hubiera sido” ellos.

La estrella, ante la temprana posibilidad de elegir sus papeles, decidió en una intuitiva maniobra no alejarse demasiado de ese maleable y en cierto modo vacío “Hombre sin nombre” con el que dio sus primeros pasos hacia el éxito. Lo consideró la única manera de ser a la vez todos y ninguno, de ser reflejo del conflicto real y ser testigo superviviente a largo plazo, en un planeta donde solo permanecen quienes, a pesar de haberse liado a tiros en su juventud, aprendieron en la edad adulta a reírse de sí mismos y, luego, a decir mo cuishla sin ningún miedo.
Source: abc

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